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Congreso Eucarístico de Buenos Aires en 1934 fue el principal acto religioso realizado a partir de Argentina en la primera mitad del Siglo XX
Hugo Wast empezó a trabajar para su realización 15 años antes.
Empezó con un diagnóstico de la Ciudad que La Eucaristía pondría en Estado de Gracia.
El diagnóstico fue la novela “Ciudad Turbulenta, Ciudad Alegre”.
Durante el Congreso fue Director de Prensa y habló ante un público selecto en el teatro Colón entre los que se encontraban: Cardenal Pacelli futuro Pio XII,
El Cardenal Cerejeira ,Lisboa en la época de las apariciones de Fátima.
El Cardenal arzobispo de Toledo Goma y Tomas.
El Primado de Polonia.

El Presidente Justo.

Discurso pronunciado el día 12 de Octubre de 1934 por el escritor católico argentino Dr. Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast), en el Teatro Colón y con motivo del día de la raza, durante el XXXII Congreso Eucarístico Internacional celebrado en la Ciudad de Buenos Aires.

Por la tarde, pasadas las 18, tuvo efecto en el teatro Colón el acto
organizado por el comité ejecutivo del Congreso Eucarístico Internacional,
con motivo del Día de la Raza. Desde mucho antes de la hora señalada la
amplia sala de nuestro primer coliseo se vio colmada por un numeroso
público, en el que se notaban las personalidades más destacadas de nuestro
mundo social y de las altas esferas gubernativas. La llegada de cada uno de
los eminentes prelados dio motivo a calurosas demostraciones de simpatía y
adhesión, demostraciones que culminaron cuando hizo su aparición Su
Eminencia el Cardenal Pacelli (quien sería en un futuro el Papa Pío XII).
Las damas, que lucían que lucían los trajes con que asistieron a las
ceremonias del día, así como muchos uniformes de algunas congregaciones,
pusieron una nota de severidad en el ambiente, que desde el primer instante
tuvo el carácter de un acontecimiento religioso poco frecuente en el Teatro
Colón.

El Presidente de la República, general Agustín. P. Justo, ocupaba el palco
de la Presidencia. Para el Excmo. Cardenal Pacelli y los Cardenales de
Francia, Polonia, Portugal y Brasil y sus respectivos séquitos se había
habilitado el palco de las funciones de gala. A poco de llegar, el
Cardenal Pacelli fue invitado por el Presidente de la República a ocupar un
sitio en su palco, lugar desde donde escuchó el desarrollo del acto, con
repetidas muestras de aprobación. Este comenzó con la ejecución de los
himnos Pontificio y Nacional, bajo la dirección del Sr. Juan José Castro,
quien igualmente tuvo a su cargo la interpretación de la obertura “Egmont”,
de Beethoven, y del “Encantamiento del Viernes Santo”, de Parsifal.
El primer orador de esa función de gala fue el célebre escritor argentino
Dr. Gustavo Martínez Zuviría, Director de la Biblioteca Nacional y
Presidente de la Comisión de Prensa y Publicidad del Congreso Eucarístico,
novelista católico universalmente conocido bajo el seudónimo de Hugo Wast.

Discurso del Dr. Martínez Zuviría

No os sorprenda, señores, mi emoción al usar de la palabra en este momento
y en presencia de tan ilustre concurso.
He vacilado mucho al entrar, os lo confieso, pero he recordado la hermosa
oración de Esther, antes de llegar a la presencia del rey Asuero, y la he
repetido mentalmente: “Acordaos de mí, Señor, vos que domináis todo poder.
Poned en mi boca lo que debo decir, a fin de que mis palabras sean
agradables al príncipe”.

Eminentísimo Señor, que representáis con incomparable majestad al Vicario de
Cristo en la tierra, rey de reyes, aunque se firme “siervo de los siervos
de Dios”, dignaos aceptar el corazón palpitante de esta gran ciudad latina,
que tiene en su escudo una cruz. Y a vos, Excmo. Señor Presidente de la
Nación, dejadme que os diga que el pueblo argentino, que anoche visteis
desfilar, y cuya fe se muestra en forma intergiversable, está orgulloso de
veros continuar la lista de sus presidentes católicos, y de afirmar con
palabras elocuentes y con hechos prácticos vuestras sinceras convicciones,
fuentes de buen gobierno, por que como vos mismo lo dijisteis en vuestro
discurso de anoche: los pueblos sueñan todavía con el reino de la justicia y
del amor que les anticipara el Divino Maestro.

Me complace eludir al escudo de Buenos Aires delante, de V. E. Monseñor Gomá
y Tomás, primado de España, por que es recordar al gran español don. Juan de
Garay, que en 1580 abrió los cimientos de esta ciudad; y en testimonio de su
fe católica la puso bajo la advocación de la Santísima Trinidad y le dio por
blasón un águila coronada, que empuñaba una cruz roja, semejante a la que
llevan en su manto los caballeros de Calatrava.
Las armas de Buenos Aires, son ahora la insignia del XXXII Congreso
Eucarístico Internacional, con la diferencia de que el águila no levanta una
cruz, sino la resplandeciente custodia Eucarística.
A vos Excmo. Señor, que habéis dado gloria a Dios y a las letras castellanas
escribiendo con pluma de oro libros profundos y hermosos por su ciencia y
por su fervor, os complacerá sin duda descubrir en los cimientos de Buenos
Aires esta roca firme de la fundación, sellada con la católica y
españolísima cruz de aquellos caballeros que hacían voto de defender, aún
con las armas, la Inmaculada Concepción de María, objeto de vuestra ardiente
devoción y tema de algunos de vuestros libros.
Todos conocéis, señores, la historia de los Congresos Eucarísticos y sabéis
quienes son los autores de la iniciativa de celebrar en Buenos Aires el
primer congreso de la América Latina.

No era fácil lograrlo, por que todas las naciones del mundo se disputan la
gloria de estas asambleas.
Los abogados de Buenos Aires, llamémoslos así, no se intimidaron ante los
grandes títulos que otros países podrían aducir.
El que observa el viento, no sembrará; el que interroga las nubes no
cosechará, dice un proverbio de Salomón.
La cuestión se promovió en el Congreso de Ámsterdam en 1924 y se repitió en
el de Cartago en 1928 y triunfó en el de Dublín en 1930. Y esto que estamos
viendo es su realización más que estupenda milagrosa.
No perdonaríais mi distracción si olvidara los nombres de los insignes
personajes que tuvieron la iniciativa de celebrarlo en Buenos Aires.
Uno de ellos no ha presenciado el triunfo de su idea. Fray José María
Liqueno, humilde y celoso franciscano fallecido en 1925.
Como los santos en el cielo no se desinteresan de sus obras en la tierra,
podemos creer que el P. Liqueno ha prestado el Congreso Eucarístico de
Buenos Aires todo su valimento en la presencia de Dios; y quien sabe en qué
medida ha contribuido al éxito.
Otro es el apostólico soldado de Cristo, doctor Tomás R. Cullen, cuyos
trabajos en los Congresos Eucarísticos de Ámsterdam y de Cartago continuó en
Dublín un prelado argentino a quien todos conocéis y veneráis, Monseñor
Daniel Figueroa.

Más poco habrían podido ellos solos si no hubieran conquistado la ayuda
entusiasta de los delegados españoles en Ámsterdam, en Cartago y en Dublín.
A Vuestra Excelencia me refiero, señor Arzobispo de Toledo, y a vuestro
noble compatriota, el Excelentísimo obispo de Madrid-Alcalá, aquí presente,
que fuisteis en aquellos decisivos momentos los mejores amigos de la
Argentina.

Tenemos la gloria de asistir al más grande de los Congresos Eucarísticos
Internacionales. Buenos Aires, foco de las miradas del mundo católico, es la
nueva Jerusalén a donde convergen los caminos de millones de modernos
cruzados, que vienen a adorar la Hostia. Y por el insigne honor de albergar
en sus muros al Legado del Papa, que es en esta asamblea como el Papa mismo,
se la puede elogiar con las palabras que la Iglesia pronuncia en la misa de
la Inmaculada Concepción: “Tus fundamentos están en la montaña santa. Hoy se
canta tu gloria, oh ciudad de Dios”.

Después de los millones de comuniones que han hecho en las últimas semanas
las mujeres de Buenos Aires; después de la enternecedora comunión de 107.000
niños, en la mañana de ayer en Palermo; después de la impresionante comunión
de los hombres, en la madrugada de hoy, que desbordó todas las previsiones
pues se esperaban cuarenta mil y concurrieron doscientos mil, y hemos
presenciado atónitos cuadros dignos de la Iglesia primitiva, hombres adultos
aproximarse a un sacerdote desconocido y confesarse con él, allí, en plena
calle, en plena luz, unas veces de rodillas, otras ambos de pie, pegados al
oído del confesor los labios del penitente, y abrazados ambos y sin
preocuparse de la muchedumbre, que pasaba silenciosa rozándolos; y hemos
visto dividir una Forma en cinco, seis, ocho partes, para que pudieran
comulgar ocho hombres con una sola Hostia; después de estas escenas que ni
se vieron jamás, ni se presumieron nunca, podemos afirmar que Buenos Aires
está en estado de gracia.

¡Inolvidables Escenas, señores! Doscientos mil hombres, que, sin respeto
humano, iban a comulgar, mientras otros hombres, millares y millares, desde
los balcones o las aceras, los contemplaban emocionados, todos sorprendidos
y muchos llenos de envidia.
En cuantos ojos hemos leído anoche esta melancólica declaración: “Si yo
tuviera fuerzas para romper tales prisiones; si yo tuviera energía para
desdeñar tal censura; si yo tuviera valor para desafiar tal sonrisa, yo
haría como ustedes, tocaría en el hombro a un sacerdote, me confesaría aquí
mismo, comulgaría después y mi alma quedaría en paz. ¡Pero no tengo fuerzas!
¡Recen por mí!
Sí, señores, anoche rezamos por ellos.

Este es uno de los frutos del Congreso Eucarístico Internacional.
Delante de estos cuadros uno se pregunta: ¿dónde está el secreto de los
Congresos Eucarísticos para atraer a las almas?.
No es difícil descubrirlo.
Hasta los hombres que han perdido en los revueltos caminos del mundo, el
recuerdo de la niñez y del hogar, cuando un gran peligro amenaza su vida o
su honor, buscan un punto de apoyo, algo seguro en que afirmar la voluntad o
la esperanza e instintivamente tienden los brazos al recuerdo de la madre

viva o muerta.

Así, los pueblos ebrios de arte, fatigados de ciencia, desesperados de
orgullo y hastío, un día sienten la necesidad de una palabra simple que les
dé la clave de las dos o tres cuestiones fundamentales que nos interesan:
¿De dónde viene el hombre? ¿Adónde va? ¿Por qué existe el dolor? Con saber
eso basta.
Inútil interrogar a la filosofía pretenciosa y escéptica.
Inútil preguntar a la herejía confusa y contradictoria. Londres contesta de
un modo, Berlín de otro, Moscú de cien.
Sólo Roma, que es la madre de las naciones civilizadas, desde hace veinte
siglos, responde con la misma palabra inmutable y sencilla. Por que Roma es
la Iglesia, y la Iglesia es el Papa infalible. El alma llega a sentir
aquella interior ansiedad del padre del muchacho enfermo, que refiere San
Marcos y exclama con voz que enternece y descubre la silenciosa llaga de los
incrédulos: “Señor, creo, es decir, no creo todavía: ayuda a mi
incredulidad. Cura mi escepticismo”.
Comprendo la contradicción y la vaciedad de esa filosofía liviana, que en el
siglo XVIII niega a Cristo, en el XIX a Dios, en el XX niega la santidad,
la moral y la patria, para abrazar los dogmas sangrientos y disolutos del
comunismo.
Y se cansa de oír hablar de los derechos del hombre; y se pregunta: ¿Sólo
derechos tiene el hombre? ¿No tiene también deberes? ‘Cuáles son los deberes
del hombre?

Pero esa es la doctrina del sacrificio que sólo Roma conoce.
El sacrificio que sorprende y escandaliza al hombre de mundo es la copa
dulcísima en que beben los santos: “A todos los éxtasis, dice Santa
Teresita, yo prefiero el sacrificio”.
El Señor escucha siempre la voz de los que quieren creer y todavía no creen.
Y sale El mismo en su busca; y recorre los campos, las calles, las plazas.
Cristo ha llegado a Buenos Aires y anda buscando obreros para su viña.
¿Recordáis el episodio evangélico?
El Señor salió de mañana y encontró unos hombres que no trabajaban ¿Qué
hacéis que no trabajáis? Id a mi viña. Os pagaré un denario. Salió al
mediodía y halló otros. Salió mas tarde, a la siesta, y todavía encontró
obreros desocupados. ¿Por qué estáis así todo el día en la plaza sin hacer
nada?. Id a mi viña, os daré un denario.

A todos les pagó igual, no conforme al tiempo que le habían servido, sino
conforme a su propia inescrutable voluntad de repartir sus gracias sin
acepción de personas.
De tal modo que los obreros del atardecer resultaron ser los mejores
pagados.

Cristo hoy recorre las calles y las plazas de Buenos Aires.
Ya conoce a sus obreros de siempre; ahora busca a los otros. Quia tempus
misericordi ejus, quia, quia venit tempus.
“Ha llegado el momento de la
misericordia”.
Hay que confesar digámoslo con seguridad y orgullo, que Buenos Aires, y
cuando digo Buenos Aires digo la Nación, y digo nuestra América y digo
nuestra raza, se ha puesto de pie, para seguir a Cristo y librar bajo su
pabellón las supremas batallas contra las puertas del infierno, por la fé,
por la familia, por la patria.
Sí, señores, la Nación se ha puesto de pie.
Permitidme citar una vez más el Santo Evangelio según el texto de San Lucas.
Fue en la última Pascua. Tomó el pan y lo repartió diciendo “Este es mi
cuerpo”. Luego el Cáliz: “Esta es mi sangre, que será derramada por
vosotros. Y sin embargo, aquí, sobre la mesa, está la mano del que me
traiciona”. Y aquellos hombres que le escuchan, sin comprenderlo todo,
empiezan a disputar sobre cosas nimias; y el Señor los calma y les enseña y
de pronto les dice: “El que no tenga, venda su túnica y compre una espada;
por que estamos llegando al fin”. Y ellos contestaron: “Señor, he aquí dos
espadas”.

Así ha respondido la Nación Argentina a la voz de Jesús, que le decía “Vamos
llegando al fin. ¿Estas dispuesta? Vende la túnica y compra una espada”.
“Señor, estoy dispuesta: aquí tienes dos espadas”.
Y hemos presentado al Señor la nueva ley de los obispados y este maravilloso
Congreso Eucarístico.
Transformación milagrosa y más oportuna que nunca.

Buenos Aires, con sus millones de Hostias consagradas es un inmenso copón
que la mano del Papa levanta a los cielos.
Y de este copón y de esas Hostias que son la carne viva y adorable de
Nuestro Señor Jesucristo se alza esta oración.
Señor, Dios de los ejércitos, pero también Príncipe de la paz, mira lo que
está pasando en la tierra. Y por la desesperación de las madres que ven
partir los batallones; y por la plegaria de las esposas que oyen con
espanto los clarines, convocando una nueva clase; y por el llanto sin culpa
de los huérfanos; y por el sagrado heroísmo de los campos de batalla; y por
la desolación de los heridos, abandonados en los bosques profundos de
nuestra América; y por la sed de los agonizantes, y por la contrición de los
que ven llegar las sombras de su última noche; y por la esperanza de los que
ven encenderse al morir las verdades eternas; y por el último grito que es a
veces la primera oración del soldado que muere; y por la gracia bautismal de
los 107.000 niños cuyos padres hemos oído vuestra palabra “dejad a los niños
que vengan a mí” y los hemos empujado a vuestros brazos; y por las
doscientas mil comuniones de hombres, a la medianoche, y por las misas de
estos mil sacerdotes venidos de toda la tierra; y por las manos doblemente
consagradas de estos doscientos obispos; y por la ardiente devoción de
vuestros Cardenales; y por la piedad del Papa, que ha querido aumentar
vuestra gloria con magnificencia de rey; y por la dulzura de vuestra Madre
Madre, a quien invocamos Reina de la paz; y de nuevo por el dolor de todas
las madres que pierden sus hijos en la guerra; y por la sangre de Cristo,
que llena este inmenso copón de Buenos Aires, os imploramos la paz para
nuestra América, la paz para España, la paz para el mundo inquieto y triste.
Pero la paz que pedimos no es solamente la cesación de las batallas.
Recordemos las palabras de Jesús, cuando lloró ante las puertas de
Jerusalén: “Si a lo menos conocieras lo que haría tu paz. Pero estas cosas
están ahora ocultas a tus ojos”.

Ahora no, Señor, ahora hemos visto, ahora sabemos donde está la paz.

El instinto secreto de una raza, que a pesar de sus prevaricaciones sigue
siendo íntimamente católica, nos ha advertido en estos días del Congreso

Eucarístico dónde está la fuente de la paz.
Como el torrente del profeta Ezequiel, cuyas aguas endulzaban el mar, por

que nacían a la puerta del Santuario, la fuente de la paz para los pueblos y
para los soldados, para los espíritus y para los corazones, está en el copón
de la Eucaristía.

Y Buenos Aires ya lo ha descubierto en esta suprema jornada y puede exclamar
como la esposa del Cantar de los Cantares:

“Yo soy a sus ojos la que ha encontrado la paz”.

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